Los recorridos transversales por Toledo siempre son un regalo para todos, quizá, porque hemos visitado tantas veces esta ciudad que le negamos la capacidad de sorprendernos, y nos equivocamos.    Nuestro “Toledo entre culturas” volvió a ser, efectivamente, una grata sorpresa compartida. Una exploración por espacios poco habituales, a monumentos menos conocidos, pero, sobre todo, a través de una argumentación que proponía nuevas lecturas de viejas lecciones.     La jornada comenzó extramuros de la ciudad, ante la Puerta Vieja de Bisagra. A esta suerte de arco de triunfo, fue para nosotros como un corte estratigráfico cultural, un contenedor de los registros de la historia del Toledo polimórfico, políglota y pluricultural, célebre por la convivencia de las tres culturas, el Toledo que nos ocuparía el día.    Convivir y coexistir son conceptos casi sinónimos, pero en el importante matiz que los separa, está la clave para comprender qué ocurrió tras los muros de esta ciudad cuando, a su amparo, se reunieron las tres grandes culturas monoteístas del Mediterráneo: cristianos, judíos y musulmanes. Dos de ellas fueron grupos dominantes alternativamente, musulmanes y cristianos, la otra fue siempre minoría, hebreos.    La forma en que un grupo dominante se relaciona con las minorías sigue una pauta, más o menos recurrente, en todas las sociedades históricas. A unos tiempos de organizada convivencia siguen otros de necesaria coexistencia, una situación que, tensionada, termina en ruptura y expulsión de la minoría. Esta evolución fue el asunto de nuestra jornada, considerando que, cuando los lazos culturales son más fuertes que las espadas que terminan por cortarlos, se da una simbiosis que genera un rico mosaico cultural y artístico al que sucede la uniformidad.    En Toledo, todos asumieron como propio un pasado común: Roma y el Reino visigodo del que Toledo fuera capital. Su prestigio se mantuvo a través del prestigio de los que se proclamaron sus legítimos sucesores. Sus restos materiales, un enorme expolio de pilastras, columnas, capiteles y relieves, fueron devueltos a la vida incorporándolos a los nuevos edificios de los dos grupos dominantes: musulmanes y cristianos. Por toda la ciudad que recorrimos encontramos muestra de esta constante.    Iglesias, mezquitas y sinagogas, nos sirvieron para descubrir los acordes y desacuerdos de las tres religiones. Acordes compartidos en una arquitectura híbrida, nacida en el seno de unos y completada en los brazos del otro. Comúnmente argumentada a través del número y la geometría como expresión teológica del orden del mundo, entendiendo cada edificio como un microcosmos simbólico de lo finito, lo infinito, lo profano y lo sacro. Por ello, cuando terminó la coexistencia, los de las minorías fueron fácilmente asumidos como propios por el grupo dominante. Santiago del Arrabal, la ermita/mezquita del Cristo de la Luz, San Román, la Sinagoga Mayor/ Santa María la Blanca o San Andrés, fueron elocuentes ejemplos de todo ello.    Imagen, Luz y Palabra, por separado, de dos en dos, o todo junto, nos explicitaron el debate abierto entre iconoclastas e iconódulos, un aparente escollo entre las tres culturas toledanas. Sin embargo, terminó por salvarse enriqueciendo el lenguaje plástico de unos y otros, respetando y compartiendo el valor último que cada uno les otorgaron. Esculturas, frescos, ventanas veladas por celosías, yeserías o arrocabes de madera, fueron los soportes que nos enseñaron esta interesante confluencia.    Las calles nos ofrecieron el entramado orgánico pero organizado del laberíntico y peñascoso urbanismo toledano. Morería, judería, mozarabía, conceptos espaciales que venían definidos por la Fe de sus habitantes, pero también por sus leyes, sus normas, sus formas de vida, costumbres y usos. Juntos, pero no revueltos, así salvaron las diferencias, aunque entre las calles, las plazas y la casas de unos y otros no hubiera grandes diferencias.    Precisamente las casas, estancia última de la vida cotidiana, tomó como referencia un modelo común, el de la al-Bayt (la casa) andalusí, compuesto por una alcoba flanqueada por dos cuadras. Esquema que vimos elevado a la grandeza representativa de un palacio en la casa de los Palomeque, ahora llamada Taller del Moro, o en lo exiguo de lo íntimo en el patio de la hospedería de Santa Isabel la Real.    En este rico convento femenino tratamos otro tema transversal, el de género. Lo femenino en las tres culturas partía de principios similares y albergaba esperanzas parecidas. Algunas mujeres, como María Suárez de Toledo, fundadora de esta casa y conocida como María “la Pobre” negaron su nobleza, se emparedaron, pasaron miserias y se expusieron a la enfermedad para, finalmente, sustraerse del orden general tras las tapias de beateríos convertidos luego en conventos. En este caso, una casa de peso, rica en patrimonio, y aún habitada por las herederas de su fundadora.    En San Andrés, Santa María la Blanca, San Román, Santiago del Arrabal, Santa Isabel, advertimos que, pasado el tiempo de aquella amalgama indiscernible a ojos extraños, se fue imponiendo un lenguaje universal, cristiano y definitivo. El último Gótico y el primer Renacimiento se insertaron en aquellas viejas fábricas sustituyendo su indefinición por certidumbre. Una renovación orquestada desde la cúspide del poder llamada a borrar aquella mixtura medieval, a ubicar a la emergente España como cabeza de Europa y la Cristiandad, y a Toledo como Ciudad Imperial.     Un día completo y complejo, lleno de matices, de novedades y de clásicos revisados con una nueva mirada. . 

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