Nuestro segundo recorrido por el Reina Sofía se llama “por el buen camino”. Ese fue precisamente el que quisimos recorrer por las salas del museo, el que va desde el arte figurativo convencional al Cubismo, la gran propuesta que revolucionó el lenguaje artístico contemporáneo. 

 

Para ello, comenzamos preguntándonos ante los cuadros de Zuloaga, Solana, Casas, Regoyos, Anglada o Romero de Torres, hasta qué punto cumplían con las “normas” que desde el Renacimiento nos han inculcado como referencias para discernir entre lo bueno y lo malo. Reflexionando, reparamos en que, más allá de la apariencia inmediata, todas estas pinturas nos proponían nuevas vías de expresión muy alejadas de los convencionalismos tradicionales. Dejamos de hablar de historias, de espacio, de luz, para hablar de simbolismo, de composición, de color… de pintura. Así, asumiendo hasta qué punto nuestro juicio puede quedarse en lo aparente, seguimos profundizando en lo puramente pictórico, para recorrer el buen camino hacían el Cubismo. 

 

El trabajo de disección al que Picasso y Braque sometieron el volumen de las formas barrenó por siempre el ilusionismo de la pintura tradicional. Los planos del objeto en el espacio tridimensional fueron sometidos a una escrupulosa descomposición para ser representados en los límites de la bidimensionalidad del lienzo, no se trataba de un realismo aparente sino radical 

 

En las nuevas obras no había concesión alguna a la tradicional ficción del espacio, a la simulación de la luz, era imposible para el ojo esquivar, como en los casos anteriores, la modernidad del planteamiento de estas obras. Habían concluido 5 siglos de historia de la pintura. 

 

Nos encontramos ante la pintura desnuda, negando el tiempo, el espacio, la contingencia de la luz, un trabajo de síntesis tan radical que apocopó el uso del color helando las formas en una geometría limpia y compleja. Los volúmenes no eran fruto de ilusionistas claroscuros, sino del tránsito de una arista a otra, de un tono neto a otro.  

 

Lograda esta nueva realidad pictórica, aquel ejercicio de investigación nos había legado un nuevo lenguaje plástico, el único verdaderamente moderno. Tras él se intuían mil posibilidades, pues era capaz de expresar movimiento, emociones, armonías, y ahí se produjo un tránsito hacia una nueva estética que afectó radicalmente a todas las disciplinas artísticas.  

 

Si su origen había sido la exploración de cómo representar el objeto sobre el lienzo plano, el resultado plástico se postulaba en si mismo como una realidad nueva hecha de facetas concurrentes, planos y colores susceptibles de invertir el orden, llegar de la forma al objeto, o simplemente obviarlo y llegar a la abstracción. 

 

Forma y color fueron convocados para transformar aquella primera experiencia en algo mucho más complejo. De repente, en la frialdad picassiana tuvo cabida la lírica de Juan Gris o María Blanchard, el orfismo de los Delaunayel vibracionismo de Barradas o la pintura pura de Metzinger o Gleizes. Un mundo nuevo de expresión plástica había nacido, desde el Renacimiento no había ocurrido nada similar. 

 

Nosotros terminamos nuestro “buen camino” absortos, pues tras el esfuerzo inicial se nos mostraban antes los ojos las infinitas variables que aquel arte nuevo nos ofrecía.  

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