LA FUENTE DE LA GRACIA
Taller de Jan van Eyck
Fue donada por Enrique IV al monasterio segoviano de El Parral entre 1455-59. Sin embargo, su probable comitente fue Alonso de Cartagena, teólogo español y obispo de Burgos.
Su temática encajaba en el contexto castellano del XV, inmerso en disputas teologales entre judíos sefardíes y cristianos. La obra fue concebida como un alegato a la conversión pacífica y sincera. Una postura de asimilación ejemplificada por el propio Cartagena que era hijo del judeoconverso, y también obispo burgalés, Pablo de Santa María.
Fue realizada en Brujas, en el taller de Jan van Eyck, y enviada a Castilla. Se ha supuesto la existencia de un hipotético modelo original del propio maestro. Lo cierto es que van Eyck estaba ocupado entonces en el Políptico del Cordero, obra con la que, la tabla del Prado, guarda semejanzas compositivas y discursivas.
A pesar de esta innegable filiación flamenca, es sugestivo relacionarla con modelos hispanos contemporáneos. Concretamente, se ha puesto en paralelo con las miniaturas de la Biblia de Arragel, también conocida como Biblia de Alba, nacida en el contexto de la cultura sefardí y cristiana, en 1433, que trataba de concordar ambas religiones
El escenario arquitectónico genera una perfecta simetría vertical que se ordena, horizontalmente, en tres terrazas escalonadas. Esta rica estructura da un sentido jerárquico y discursivo a la lectura de la obra.
Arriba, en el centro, Dios en su trono preside la tabla. El tipo iconográfico es el mismo del Políptico de Gante, con tiara pontificia, que también encontramos en obras de Robert Campin como La Anunciación del Prado o La Trinidad del Staedelmuseum de Fráncfort. Aunque en estos dos casos la figura representada es Dios Padre.
A sus lados están de María y Juan Evangelista en su condición de intermediadores. Componen la clásica Déesis, o Intercesión, medieval y derivan también del modelo del Tríptico de Gante, aunque en aquel aparece San Juan Bautista.
El dosel y el sitial arquitectónico que cobijan esta «corte celeste» no sólo otorga monumentalidad, también está cargado de simbolismo. Pequeñas figuras pétreas nos muestran a Moisés, profetas del Antiguo Testamento y los cuatro evangelistas.
A los pies de Jesús está el Cordero, del que brota el manantial del Agua de la Vida, idea procedente del Apocalipsis. Este curso de agua se convierte en narrador del resto del discurso.
El regato atraviesa la segunda terraza, un bello jardín poblado por ángeles músicos. Los ángeles tañen instrumentos y cantan. otro elemento que también aparece en el Político de Gante.
Los del lado derecho sujetan una filacteria con un texto del Cantar de los cantares que dice: fuente de los huertos, pozo de aguas vivas.
Efectivamente, el agua atraviesa el jardín y brota, ya en la tercera terraza, por una fuente semejante a un sagrario dorado. Se vierte en una taza octogonal semejante al brocal de un pozo o a una pila bautismal.
En estas aguas vivas, que brotan del trono del Cordero, flotan hostias consagradas. Atraviesan el jardín, manan de la «fuente-sagrario» y se derraman en la «taza-pila bautismal»
Las hostias aluden a la Encarnación de Cristo y a la Redención que ofrece a través de su sacrificio, apelando, implícitamente, a los sacramentos del bautismo y la eucaristía.
La Gracia se ha derramado a la tercera terraza, la que corresponde a este mundo, y nos invita al bautismo y a la eucaristía. Ahora se nos ofrece la reacción de dos grupos de personajes a esta invitación.
El grupo de nuestra izquierda, la derecha de Dios en el cuadro, se muestran en adoración y reconocimiento. Aparecen los representantes de la sociedad cristiana: el papa, el emperador, los reyes, los cardenales, los obispos, nobles, etc.
El pontífice enarbola un estandarte erguido coronado por una Cruz. Con su mano derecha señala a la Fuente con actitud expositiva e indulgente.
El grupo que recibe esta «invitación», situado a nuestra derecha, la izquierda de Dios en el cuadro, se agita. Los personajes aparecen desordenados, inquietos, gesticulantes, incluso volviendo su espalda o tapándose los oídos.
Al frente de ellos aparece un rabino que enarbola un estandarte quebrado con una banderola con letras hebreas. Se gira hacia el único individuo del grupo que se ha postrado, un converso.
Busca apoyo a causa de su ceguera, no una ceguera natural, sino impuesta por la venda que le tapa lo ojos, perfectamente insinuados tras el tejido. Bastaría con retirarla para que pudiera ver.
Es evidente el argumento por oposición que se nos ofrece en la obra. La Iglesia triunfa, sus miembros en la tierra lograrán ascender, a través del bautismo y la eucaristía, al jardín angélico para estar ante Dios.
La Sinagoga fracasa, su estandarte se quiebra, su ceguera impide a sus miembros reconocer la verdad. Una ceguera reparable, bastaría con quitarse la venda, como hace el converso arrodillado, pero también condenatoria para quienes no quieren oír ni ver o se obstinan en sus viejos textos.
Frente al antisemitismo imperante, en esta obra cabe la esperanza de la conversión sincera, la misma que ejemplificaba el comitente de la obra. Quizás el retrato del propio Cartagena, como testimonio, sea el obispo que aparece tras el cardenal en el lado de la Iglesia.
Texto extraído a partir de La Guía Oficial del Museo del Prado
Autor del texto original y el actual: D. Blanca. Profesor de Vademente
LA OBRA EN EL MUSEO DEL PRADO
Datos:
Taller de Jan van Eyck
Maaseik, h. 1390 – Brujas, 1441
La Fuente de la Gracia
hacia 1440-50. Óleo sobre tabla, 181 x 119 cm.
Inventario: . P1511.
La obra y el autor en la Web del Museo
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