Descripción
PASEOS POR EL REINA SOFÍA
UN MUSEO NECESARIO
La aportación española al arte del siglo XX es de tal relevancia que podría resumirse en unos pocos nombres: Picasso, Juan Gris, Miró o Dalí. Sin embargo, a pesar de la trascendencia de sus creadores, las colecciones públicas de arte contemporáneo en España adolecieron durante largo tiempo de una notable precariedad en sus fondos.
Las razones son abiertamente ideológicas, pero esta reseña no es el lugar para reflexionar sobre ideologías o sobre la conveniencia ética o moral de estéticas más o menos revolucionarias. Lo cierto es que estos motivos nublaron la aplicación de criterios objetivos al servicio de la cultura, la educación y el valor del patrimonio. El periplo de obras entre instituciones fundadas y extinguidas para conservarlas y mostrarlas es bastante revelador de esa afección ideológica e indefinición de criterios.
En 1898 se creaba el Museo Nacional de Arte Moderno para albergar las obras posteriores a Francisco de Goya, expuestas en dos plantas de la esquina sur de la Biblioteca Nacional. En 1951, la institución se dividió en dos: el Museo Nacional de Arte del Siglo XIX y el Museo Nacional de Arte Contemporáneo. Se reunificaron en 1968 bajo el nombre de Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), pero volvieron a dividirse en 1971. La colección del siglo XIX se trasladó al Casón del Buen Retiro, quedando adscrita al Museo del Prado; el MEAC, ya solo con obras contemporáneas, se ubicaría en 1975 en una nueva sede en la Ciudad Universitaria.
La creación del actual Museo Reina Sofía en 1988 —y su apertura formal en 1992— respondió a la necesidad de consolidar, poner en valor y recuperar el legado de aquella Edad de Plata de la cultura española, truncada en 1936.
El espíritu de modernidad de aquel país queda perfectamente plasmado en las palabras de Ramón Gómez de la Serna: «Hay que renovarlo todo… El secreto de la vida moderna está en asomarse a las ventanas que dan al porvenir y tirar por ellas los muebles viejos».
LAS VISITAS
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, abreviado como MNCARS, nació como depositario de la colección del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo, pero con una renovadora vocación de reordenar, ampliar y ser centro de referencia para artistas e investigadores actuales.
El “Reina”, apelativo popular con el que se conoce al Museo, conserva algunas de las obras más significativas del siglo XX. Entre todas ellas, la más excepcional es “Guernica”, convertido en un gran reclamo para visitantes de todo el mundo.
Pero la colección del MNCARS es demasiado amplia y suficientemente ejemplar para quedar limitada a unas cuantas obras “famosas”. De ahí surge nuestra propuesta: una serie de paseos que nos introduzcan en el revolucionario mundo de las Vanguardias de principios del siglo XX, a las que los artistas españoles tanto contribuyeron.
Les iremos proponiendo varias visitas, siguiendo un discurso cronológico, artístico y temático. Añadiremos una cuarta para conocer mejor la arquitectura, pasada y presente, del edificio histórico que sirve de sede al Museo.
1ª 1900-1914, la Belle-Époque.
2ª 1907-1919, Vanguardias: El Cubismo
3ª 1936, En torno a «Guernica»
4ª 1924-1939, Evasiones: realismo mágico y surrealista
5ª El edificio, El Real Hospital de San Carlos, un diálogo entre arquitecturas y urbanismo.
En esta ocasión, pasearemos en torno a la obra más importante del Museo y más conocida de la pintura del siglo XX: el GUERNICA. Puede descargar la documentación sobre las visitas a este museo haciendo clic AQUÍ
EN TORNO A: EL GUERNICA
El Guernica de Pablo Picasso es, probablemente, la pintura más universal del siglo XX. El artista logró trascender el contexto concreto del encargo —la Guerra Civil española— para crear un alegato antibelicista extensible a cualquier conflicto y época.
Nuestro tercer paseo por el Museo Reina Sofía plantea un recorrido por el contexto bélico de la Guerra Civil española y los albores de la Segunda Guerra Mundial Las grandes transformaciones que habían renovado a la sociedad y las artes occidentales desembocarían en un convulso movimiento final: un finale horribilis que bajó el telón de una época trepidante y marcó el paso a un mundo nuevo.
Este proceso se había iniciado a principios del siglo XX con la Belle Époque y se quebró con la Gran Guerra de 1914, un profundo trauma que no restañó del todo, pero que dio paso a los Felices 20. Aquella fue una etapa de evasión colectiva e imbuida de un espíritu libertario que inundó París, Nueva York, Berlín o Chicago; una efervescencia tan vital como creativa que se hundió bruscamente con el crack bursátil de 1929
En esa coyuntura crítica, los años treinta alumbraron ideologías cada vez más radicalizadas que, enfrentadas entre sí, terminarían llevando a Occidente al campo de batalla. La naturaleza revolucionaria del lenguaje de las vanguardias facilitó su uso como vehículo de expresión política: carteles, fotografía, escultura o pintura se politizaron para tomar partido en un enfrentamiento de desenlace trágico.
Más que nunca, los creadores produjeron obras alineadas a favor o en contra de los bandos en lid. Se promovió así un arte de denuncia, suspendido entre el heroísmo y el desgarro, pero articulado desde los nuevos paradigmas del arte contemporáneo.
Precisamente, el Guernica no es un mero alegato partidista —para insatisfacción de algunos de sus promotores—, sino una denuncia frontal contra la barbarie de la guerra en general y, en particular, contra el ataque deliberado a la población civil.
Insistir en que el arte bélico de este periodo se expresó a través de los nuevos lenguajes de arte es porque, en esta obra, Picasso condensó 30 años de experiencia primera línea de la vanguardia. El Guernica conjuga múltiples niveles formales: desde el cubismo hasta el expresionismo, pasando por sus coqueteos con el surrealismo. Constituye un auténtico compendio plástico que evoca la inmediatez de un cartel, la textura de una ilustración de prensa o la monumentalidad de un grabado gigante.
Se trata de una creación inclasificable que apela a un hecho, pero no lo representa; que acusa a los culpables, pero no los retrata. Cede todo el protagonismo a las víctimas, pero no a unas víctimas concretas, sino a todas: humanas y animales, las de Gernika o las de cualquier lugar en cualquier tiempo.
No estamos ante la épica de La rendición de Breda de Velázquez ni ante la teatralidad de Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya, aunque sí nos hallamos muy cerca de la crudeza de Los desastres de la guerra del genial aragonés.
Necesitamos orbitar en torno al Guernica para comprender su propuesta visual y contextual y, desde ahí, asomarnos a su testimonio. Un ejercicio de contemplación atenta que nos ayude a explicar el potente magnetismo que esta obra sigue ejerciendo, día a día, sobre los visitantes del Museo, que, en gran medida, vienen solo a verla.
Puede descargar el dosier de estar actividad haciendo clic AQUÍ
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