Descripción
EL CAPRICHO
UN JARDÍN PARA ILUSTRADOS
LA ILUSTRACIÓN
Con la llegada de la dinastía borbónica al trono español, comenzaba un nuevo periodo de nuestra historia y, también, un nuevo siglo: el XVIII.
Esta centuria sería llamada el «Siglo de las Luces», pues la mentalidad occidental dio su paso más decidido hacia un concepto de progreso basado en paradigmas como la razón, el bien común, la ciencia y la justicia política y social; un avance que alumbró lo que hoy llamamos Edad Contemporánea.
Fue en el ámbito del pensamiento donde todo se fraguó. La aplicación del principio “sapere aude” («atrévete a conocer»), locución latina que divulgaría Immanuel Kant, apelaba al empleo de la razón como motor único de conocimiento y desarrollo. Era un grito al compromiso intelectual por el bien común de la humanidad.
Sin embargo, este principio se apoyaba en otro adagio, en este caso socrático, que afectaba al propio sujeto: “nosce te ipsum” («conócete a ti mismo»), el cual encarnaba el compromiso ético individual. Cada individuo del cuerpo social era parte particular y colectiva de un mismo conjunto: el Estado, la Nación. Por ello, debía ser educado e iniciado como ciudadano para remar en la dirección común del progreso.
Se trataba de una verdadera «revolución de la conciencia» que sacudía los privilegios, las prerrogativas y la impercepción de lo público propios del Antiguo Régimen. Este progreso se manifestó en el pensamiento político y social de la mano de Montesquieu, Rousseau o Voltaire; en nuevas formas de economía propuestas por Adam Smith o los fisiócratas franceses; y en el enciclopedismo, que sistematizó todas las disciplinas del pensamiento humano. En estos motores reside la causa primera de nuestra sociedad y de nuestra cultura actual
EL CAPRICHO
UN JARDÍN PARA ILUSTRADOS
A finales del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III y en pleno desarrollo de la Ilustración en España, una noble, la duquesa de Benavente y condesa consorte de Osuna, ponía en marcha uno de los proyectos más elocuentes del acervo ideológico, artístico y paisajístico de la Ilustración, aunque con un pie ya en el Romanticismo: El Capricho.
Casada con el duque de Osuna, María Josefa Pimentel y Téllez-Girón nos ofrece el prototipo de mujer moderna; una ilustrada no solo teórica sino práctica, que ejerció una extraordinaria labor social y económica, además de un excelente patronazgo de las artes.
Precisamente, El Capricho está lejos de ser un proyecto productivo: más bien responde a los paradigmas que el movimiento ilustrado aplicó a su concepción de la naturaleza y del arte. Todo el parque es un microcosmos pintoresco e inspirador que acogió a lo más florido de la cultura española del momento: desde políticos como Jovellanos a literatos como Moratín, pintores como Goya o músicos como Boccherini. La posesión de los Osuna-Pimentel fue un Parnaso madrileño, tan real como evocado.
Un «capricho» cuyo extraordinario valor y excepcional conservación lo convierten en una pieza única del patrimonio de nuestra ciudad. Ahora bien, hay que considerar algo muy importante: no se trata de un simple jardín o parque. El conjunto fue concebido bajo el presupuesto de la ejemplaridad, que además debía ser docente. Podía ser un lugar de diversión, pero también de transformación para quienes se atrevieran a conocer; un espacio de iniciación como el que recorren los personajes de “La flauta mágica” de Mozart, estrenada mientras se construía este Capricho.
Les proponemos diversión, pero también ahondar en el conocimiento; atrevernos a conocer este jardín que tiene mucho que contar tras su amable belleza.
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