Descripción
URBANISMO Y ARQUITECTURA DE MADRID
UN PATRIMONIO EXCEPCIONAL
Entre las propuestas que ofrecemos para poner en valor el patrimonio urbanístico y arquitectónico de Madrid, el Paseo del Prado es un hito absolutamente esencial en todos los aspectos: urbanístico, arquitectónico, cultural e histórico.
En el vasto ámbito de una ciudad como Madrid, este paseo es una unidad original, concreta y que fue capaz de ser motora del desarrollo posterior de la urbe contemporánea.
Su origen se liga al Madrid del Siglo de Oro, como un espacio rústico periférico de paseo ligado al desaparecido palacio del Buen Retiro.
Su primera urbanización fue fruto de la política Ilustrada de Carlos III. El Paseo del Prado nacía como espacio público anexo a una «colina de las ciencias» donde se fundaron instituciones dedicadas a la Medicina, la Botánica o la Astronomía. Era la expresión urbana, incorporando al pueblo, de los ideales de progreso de aquella monarquía paternalista y positiva.
En ese momento se dotó de la arquitectura de vanguardia neoclásica del momento que representaba las virtudes políticas, sociales y culturales de la Ilustración.
En el siglo XIX, el Paseo mantuvo su dignidad, pero ahora mezclada con las modernidades burguesas de la sociedad industrial y de la Belle Époque. Se levantaron palacetes, ministerios, hoteles, entidades bancarias y financieras que no alteraron su trazado urbano, pero aportaron nuevas capas de significado y nuevos modelos arquitectónicos: el neoclasicismo decimonónico, historicismo, eclecticismo, Beaux-Arts y arquitectura industrial y del hierro.
El Paseo creció hacia el norte por Recoletos, alumbrando el primer ensanche de Madrid; al sur, por Delicias, en torno a las modernas estaciones ferroviarias que dinamizaron el Madrid industrial.
En el siglo XX, el Paseo del Prado ya era parte de la espina dorsal, el gran eje Norte – Sur, de Madrid. El plano de la ciudad había cambiado y el Paseo del Prado, en concreto Cibeles, eran el nuevo centro.
En este tiempo ingresaron en su nómina arquitectónica nuevas obras, como las edificadas por Antonio Palacios. El ejemplo más conocido es el icónico Palacio de Comunicaciones.
A la presencia, desde 1819, del Museo del Prado, se sumaron el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y Caixa Forum. La memoria perdida del espacio cultural de la «colina de las ciencias» se recuperaba ahora convertida en «el Paseo del arte».
En el siglo XXI, fue elevado a la condición de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
EL PASEO EL PRADO
PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD
El llamado Prado Viejo de San Jerónimo fue lugar de galanteo, de ir a ver y ser visto, y de pasear por las umbrías riberas del arroyo de la Fuente Castellana. Este arroyo, que bajaba desde la actual plaza de Castelar por Recoletos hasta Cibeles (donde se incorporaba al arroyo de Valnegral), era el límite de Madrid hacia el este. En su ribera oeste estaba la Villa; al otro lado se levantaba el monasterio de San Jerónimo, sus ermitas y olivares, muchos campos y algunas huertas.
Se puso de moda como zona de paseo cuando, entre el Portillo de Recoletos (actual plaza de Colón) y el de Atocha, los nobles madrileños comenzaron a levantar casas de recreo con jardines. Corrían los tiempos de Felipe III, y el propio duque de Lerma mandó edificar un gran palacio en el lugar que hoy ocupa el hotel Palace.
No podía ser que el rey no tuviera casa en aquel Prado Viejo, y así, de mano del conde-duque de Olivares, se levantó el Real Sitio del Buen Retiro. Con este enorme palacio, anexo a los Jerónimos, nació el parque —los jardines palaciegos en su origen—, pero esas son otras historias para otras visitas.
En pleno Siglo de Oro, aquel paseo rústico, el palacio y sus jardines fueron el epicentro de la corte de Felipe IV. En lo artístico, por las miríadas de cuadros que se coleccionaron para el nuevo palacio, siendo el factótum de estas operaciones don Diego Velázquez. En lo literario y teatral, porque aquel fue el escenario de las obras de Calderón y Lope, de las inquietudes de Quevedo, las escenografías de los mejores italianos y las composiciones musicales de Juan Hidalgo.
La intervención de Carlos III urbanizó aquel espacio periurbano. Soterró el arroyo, pavimentó sus vías y reordenó espacios y arboledas, formando avenidas adornadas con fuentes monumentales. El resultado fue un espacio social moderno, racional e integrado que se situaba entre Madrid y el Buen Retiro, bajo un esquema urbano monumental y ejemplar.
Pero, además, esta reforma añadía a la ciudad un «barrio» completo dedicado al progreso científico bajo los presupuestos del ideario ilustrado. El paseo, desde Atocha a Neptuno, era un continuo de instituciones dedicadas a la Astronomía, la Medicina, la Física, la Química y la Botánica, que concluía en una academia científica con museo incluido.
El proyecto remataba, entre las fuentes de Neptuno y Cibeles, en un gran espacio urbano, amplio y arbolado, que sería denominado «Salón del Prado»: un elegante escaparate para el lucimiento social que se integraba en aquella visión de las ciencias como clave del progreso público general, desde el rey hasta el sencillo villano madrileño.
Entre el cerro de San Blas y Cibeles, esta «colina de las ciencias» fue el espacio donde convivieron los genios neoclásicos de arquitectos e ingenieros como Hermosilla, Sabatini, Villanueva o Ventura Rodríguez, con los de la primera gran generación de científicos modernos españoles.
Una época determinante que abrió el camino a la España contemporánea, en la que, además, brillaron los pinceles de Goya y la pluma de Moratín. Un periodo de búsqueda del progreso y la modernidad que se expresó, a través del urbanismo y la arquitectura, en el Paseo del Prado.
Cuando terminó la Guerra del Francés, el Palacio del Buen Retiro estaba en ruinas; sobre sus restos terminaría por crearse el barrio de los Jerónimos, pero esa es la historia de otra visita.
Algunos edificios proyectados, como el Real Hospital de San Carlos, nunca se terminaron. Otros cambiarían de destino, como el diseñado para albergar la Academia y Museo de Ciencias Naturales, que terminaría siendo el Museo Real de Pinturas, hoy Museo del Prado.
El paseo —la trama urbana con sus fuentes y sus arboledas— no cambió en lo esencial. Continuó siendo el único fragmento de Madrid propio de una gran ciudad moderna y, en consecuencia, se convirtió en modelo y se prolongó.
Primero, al norte, se extendió por el Paseo de Recoletos, en cuyo margen derecho comenzaría el ensanche promovido por el marqués de Salamanca (otra historia que corresponde a otra visita). Después, la prolongación continuó por el Paseo de la Castellana hasta los manantiales que alimentaban aquel arroyo de la Fuente Castellana.
Al sur, ya se habían plantado las arboledas del Paseo de las Delicias, y en el siglo XIX comenzó a desarrollarse el cinturón industrial de Madrid en torno a las estaciones de Delicias y Atocha. El gran eje norte-sur de la ciudad nació en el Paseo del Prado.
Debido a su alta consideración, en el paseo se levantaron palacios neoclásicos y eclécticos (algunos conservados y otros no), el primer monumento público de España, el Banco de España, la Bolsa de Comercio, ministerios y, algo después, hoteles de lujo.
Llegado el siglo XX, Cibeles se iba convirtiendo en el nuevo centro de Madrid. Entonces se produjo una mudanza muy simbólica: la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol, ya obsoleta, necesitaba una reforma o una nueva ubicación. Se optó por construir un nuevo edificio a la altura del Madrid moderno.
¿Dónde? En Cibeles, el incipiente nuevo centro urbano. Allí, en 1904, se colocó la primera piedra del icónico Palacio de Comunicaciones,
El Paseo del Prado, aquel lugar de recreo a las afueras de la corte de los Austrias, luego moderno paseo ilustrado de los Borbones, ya no era periferia, porque a partir de él se había generado el crecimiento de la nueva ciudad, del Madrid actual.
De los siglos XIX y XX son los edificios neoclásicos, historicistas, eclécticos y modernos de López Aguado, Isidro González Velázquez, Repullés y Vargas, Eduard Ferrés, Luis Landecho, José Espeliús, Eduardo Adaro y Antonio Palacios, que enriquecen el patrimonio arquitectónico del Paseo.
En lo narrado, y en todo lo que exploraremos, hay elementos con la suficiente universalidad como para justificar su condición de Patrimonio de la Unesco. Si nos quedamos en lo propio, en las cosas de Madrid, hay pocos espacios tan importantes, desde cualquier punto de vista, como el Paseo del Prado, por los que podamos interesarnos en aprender y conocer más.
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