Descripción
PONTORMO EN EL PRADO
MANIERISMO: LA PRIMERA MODERNIDAD
El siglo XVI se asocia habitualmente a la terna que compone el pleno clasicismo renacentista: Leonardo, Rafael y Miguel Ángel. Sin embargo, asumir este axioma de forma categórica, sin matices, supondría ignorar un periodo que estuvo colmado de evoluciones, progresos y alternativas.
El propio Miguel Ángel fue tan clásico como anticlásico, abriendo una vía de expresión subjetiva que inició la crisis del modelo; una corriente que afectó incluso al siempre sereno Rafael. El Museo del Prado nos brinda la oportunidad de aprender a valorar estas transformaciones: el nacimiento de un lenguaje nuevo, menos canónico y abierto a asumir la libertad creativa de estos “supuestamente” sempiternos clasicistas.
Es crucial entender, desde la perspectiva de la historia, la complejidad que sacudió a este siglo. Las dos primeras décadas asentaron el humanismo moderno, postularon los ideales imperiales de Carlos V y alumbraron el alto Renacimiento. Pero, la crisis no tardó en estallar tanto en el plano político como en el ideológico, cultural o religioso.
El arte se hizo eco de aquellas incertidumbres y comenzó a barrenar los pilares de las normas clásicas. En esta ocasión, lo hizo desde la subjetividad creadora de los artistas, desplegando un extraordinario panorama estético.
Esta irrupción de lo individual y de la libertad no normativa puede considerarse, con justicia, la primera manifestación de modernidad en la pintura occidental posterior al Renacimiento.
Si nos adentramos en el terreno de la creatividad subjetiva, es lógico asumir que no podemos fijar unos estilemas artísticos unificados para definir el Manierismo. Cada autor actuó a su maniera —de ahí el origen del término—, por lo que esta corriente se define mejor a través de sus oposiciones y propuestas alternativas al Clasicismo que por establecer unas normas generales.
Efectivamente, los discursos monolíticos sobre el canon y lo que resultaba conveniente fueron cuestionados. La diversidad artística corrió en paralelo a la personalidad de cada artista, y todo ello a la percepción de transformación social, política, cultural e ideológica que ofrecía este tiempo de crisis.
El arte y sus creadores, en definitiva, respondía a un contexto histórico de tránsito. Una situación recurrente a lo largo de la historia que conecta el Manierismo con otros periodos similares de transformación artística. Por ejemplo, podríamos establecer un paralelo con la irrupción de las Vanguardias Históricas a principios del siglo XX.
El Museo del Prado conserva un fondo extraordinario de pintura manierista, desde Tiziano o El Greco a Parmigianino o Juan de Juanes, pero nuestra mirada buscara aquellas obras que mejor dialoguen con la obra invitada de Pontormo.
Florencia y Roma nos conectarán directamente con los antecedentes del manierismo. Las obras romanas de Rafael, bajo la estela de Miguel Ángel, nos permitirán atisbar su génesis.
Entre ambas urbes, los epígonos y admiradores de ambos maestros diversificaron aquel legado, cada uno a su maniera. Andrea del Sarto, Pontormo, Rosso Fiorentino y Bronzino se erigen en pilares esenciales. Del primero, del Sarto, el Museo del Prado custodia fondos espléndidos. A Pontormo lo representa la excepcional obra invitada que motiva nuestro discurso. De Rosso carecemos de testimonios y de Bronzino tan solo contamos con un retrato —conviene recordar que las colecciones del Prado responden a un devenir histórico y no a un criterio de ordenación moderno—; no obstante, supliremos tales lagunas con la producción de Carlo Portelli, Francesco Salviati y Daniele da Volterra.
No faltarán piezas excepcionales de Sebastiano del Piombo y de Giulio Romano para clausurar el frente florentino-romano.
Restará una tesela del mosaico italiano por encajar: la Emilia y, concretamente, Parma. Las propuestas plásticas de Parmigianino y Correggio, excelentemente representadas en el Museo, nos servirán para tender un puente hacia Venecia, el otro gran foco de creación pictórica italiano, que transitaremos en otra ocasión.
En esta sí merecerá la pena evaluar cómo aquellos presupuestos estéticos fueron asimilados en España. Lo constataremos a través de la producción de Machuca, Navarrete, Juanes y Morales
Puede descargar el dosier sobre esta actividad haciendo clic AQUÍ
VISITAS EDUCATIVAS AL MUSEO DEL PRADO
En Vademente entendemos que la docencia se ejerce también más allá del aula, por lo que nuestras visitas educativas son parte esencial de nuestras propuestas.
¿Cuántos museos hay en Madrid? ¿cuántos conoce? Lo más importante, en realidad, es saber ¿cuánto hemos aprendido visitándolos?.
Para Vademente, un museo es, ante todo, un espacio de enseñanza, de estudio y de conocimiento. Los museos son los herederos del “Museion” de Alejandría, la casa de las Musas a donde se iba a aprender artes y ciencias.
Por ello, diseñamos nuestras propuestas considerando que cada museo es un aula. Que cada clase en sus salas es una posibilidad de aprender en contacto directo con aquello que nos interesa.
El Museo del Prado es una de las pinacotecas más importantes del mundo. Quienes realizamos nuestra labor docente en Madrid tenemos el privilegio de poder explicarlo poco a poco, por partes.
Esto nos permite proponer recorridos transversales, por temas, por escuelas, por maestros, por épocas; y, además, hacerlo en grupos pequeños para facilitar el trabajo de análisis, observación e intercambio entre participantes y profesor.
Esta es nuestra propuesta: extraer del Museo todos los contenidos posibles. Hacerlo con calma, por partes, en grupos pequeños, priorizando la calidad y el aprendizaje.
Limitando el número de participantes a 7, más el profesor responsable, favorecemos que la actividad sea más cómoda y más personalizada. Pretendemos facilitar, además, la participación, el análisis colectivo, la observación detenida y el intercambio, actividades propias del trabajo docente que en una visita multitudinaria no tienen cabida.
También evitamos el límite de tiempo concedido a los grupos, siempre compuestos por nueve o más personas. De este modo, podemos ampliar nuestra visita hasta dos horas para realizarla con calma y sin presión.
Al no conformar un grupo también podemos dar libertad a cada participante respecto a la forma de ingreso. Muchas personas tienen descuentos, por distintas circunstancias, o incluso gratuidad, que entrando como grupo no son computables.
Por ello, en estas visitas para grupos reducidos, no incluimos la entrada y cada participante puede acceder como más conveniente sea en su caso.
Hemos convocado una serie de visitas repetidas sobre un mismo contenido, pero en caso de que la demanda de una actividad fuera alta, organizaremos más visitas en otra fecha. Para ello generaremos una lista de espera en la que el turno será el del momento de recepción de la inscripción.
Nuestro punto de reunión será, consecuentemente, dentro del Museo. En concreto en la Sala de Las Musas, un espacio renovado hace unos años para funcionar como gran punto de reunión y vestíbulo del Museo.
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